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VIAJAR ESTÁ TAN SOBREVALUADO COMO LA FELICIDAD

Por Emilio Vera Da Souza

Domingo, 12 de Julio de 2026

Existe una tierra de las cosas perdidas. Transitando la ruta, el futuro parece un país extraño, y esa ruta es una experiencia que solo sirve a los protagonistas. Los que nadan de noche no se perciben como solitarios pero son los inventores de la soledad. 

Se puede hacer una enumeración de cada uno de los pensamientos que se configuran como una realidad tangible aunque sean ideas contradictorias, opuestas, sin sentido casi, sin un formato definido: miedo y asco, ángeles en el infierno, un vacío tan lleno como siempre. 

Antes, hace mucho tiempo, con mis hermanos fuimos huérfanos, y nos permitíamos leer juntos por las noches, para escapar de la angustia, de la estupidez o de la locura.

Durante el día, salíamos sin destino pero nunca nos perdimos ni en el barrio ni en la ciudad cuando comenzaba a oscurecer. En la casa, no teníamos más que espejos rotos, no teníamos hambre, ni perros de calidad. Los gatos si. 

Si teníamos sueños posibles, y nos interesaba el arte y saber cosas que solo servían para llenar conversaciones circunstanciales. 

Teníamos amigos comunes y queridos a los que imaginábamos mejores y pensábamos que nos durarían para siempre. No nos ocupábamos de conseguir dinero, ni sabíamos detalles de gestionarlo, cómo multiplicarlo, cuidarlo y gastarlo. No sabíamos casi nada sobre eso. 

Tampoco sobre deportes en general y sobre el jazz y la historia de esa música que no nos alcanzaba. No sabíamos casi nada sobre vinos, ni de biología ni de arquitectura. 

Había decepciones, angustia, veíamos perversiones ajenas, emociones sin vida, humillaciones y ofensas. 

No podíamos reconocer algunos rasgos de humanidad en detalle. Eramos jóvenes pero aun juntos estábamos solos. No conocíamos de acciones valientes, ni propias ni ajenas. La muerte nos parecía lejana y hablar de sexo era difícil. Solo se podía en formato de humor básico pero sin ninguna profundidad ni conocimiento más allá de lo que cualquiera pudiera haber aprendido en la escuela o en conversaciones de amigos y primos y primas entusiastas o de algunas circunstancias con las amigas de las hermanas mayores que poco podían enseñar, aunque si querían compartir sus experiencias. 

No pensábamos que envejeceríamos ni que lloraríamos cuando los años nos llevaran sin remedio, mientras solo escucháramos susurros y ya no pudiéramos beber por placer. 

Seríamos imágenes inventadas, grotescas como salidas de pesadillas que ni siquiera nos dieran miedo. Podríamos morir en junio. A fines de junio, en días fríos de esa época del año.

¡NO SE METAN! con el "Coco" Yañez

La Columna

Por Emilio Vera Da Souza

En nuestra geografía había temporada de nieve, días de viento caliente en pleno invierno, temblores a repetición en las calurosas noches de enero con ruidosos ventiladores que giran como cansados y faltos de energía. Había recuerdos de cosas perdidas y olvidos de corazones destrozados a puro abandono y amores contrariados. Los nombres se caían de los cajones rotos y cuando coincidían con alguna cara, ya no sabíamos porque había iniciado el relato. Cuando las historias se repiten en las reuniones de amigos, la decadencia es evidente y no hay manera de evitarla. Las pasiones se apagaban y los adioses quedaban lejanos, como el rio Nilo o la justicia o las ideas de días compartidos. 

Extrañaríamos lo triste que nos reunía y lo bello que nos gustaba. El paisaje no decía nada. Las montañas estaban quietas y el mar se movía con un ritmo lento como esos cuadros japoneses que todos reproducen en remeras de nylon pero son de pequeño formato para que los autores los pudieran pintar en sus mínimos ateliers de cualquier barrio de las afueras de Tokio o de Okinawa.

Volvíamos a la casa y allí se juntaban las cosas acumuladas de nuestro mundo que habían sobrevivido a todas las mudanzas y pérdidas y traumas y crisis. Cosas que a veces se veían expuestas como adornos en bares de mala muerte, con gente inmóvil, en los confines de la urbanidad de una ciudad tan tranquila como el culo del infierno.

No éramos criminales porque no sabíamos cómo hacer daño voluntariamente o cómo asesinar y nos parecía de horror imaginar estar presos. Sobre todo por crímenes que no hubiéramos cometido. 

Le teníamos miedo a las autoridades y no viajábamos a lugares exóticos de ensueño. 

Los pasajes caros, los aeropuertos llenos, la comida espantosa, el olor a encierro en los ascensores de los hoteles, los desconocidos intentando estafarte, los conocidos que ya te estafaron, los contingentes de turistas orientales, los cruceros llenos de boludos, las playas llenas de arena, los chiringuitos atendidos por pibes y pibas que no aprenden de cocteles ni les interesa hacer nada más o menos bien, o más o menos mal. 

Las librerías de Berlín, los jardines de Londres, la muerte en los bares de Bruselas, los aires acondicionados en Boca Ratón, las canciones lusas, el diseño en Finlandia, el tren de Siberia, los cadáveres exquisitos de Barcelona, los gitanos en Hungría, los personajes de las novelas de Chico, los que apuestan en las ruletas de Mónaco.

No íbamos de turistas porque era difícil volver de donde sea. Ya habíamos comprobado que si nos fuéramos a ese viaje, no podríamos volver. 

De algunos lugares no se vuelve. Ni del paraíso, ni de la traición, ni de la heroína, ni de la indigencia, ni de la sonrisa ausente de Griselda, y por supuesto, de lo definitivo de la muerte. 

ROMPIENDO MÁQUINAS DE ESCRIBIR

La Columna

Por Emilio Vera Da Souza