Surgida en la UNCuyo y fogueada con carácter en Buenos Aires, la joven delantera hizo historia en el Mundial al convertirse en la mendocina más joven en levantar el máximo trofeo con la camiseta celeste y blanca.
Hay promesas que tardan años en madurar y otras que estallan con la fuerza de un destino inevitable. Milagros Alastra pertenece a esta última estirpe: la de las deportistas que transforman un sueño de infancia en realidad a fuerza de talento, resiliencia y una burrada de kilómetros recorridos.
A sus flamantes 20 años -cumplidos en plena competencia mundialista-, la delantera nacida en Mendoza escribió una página dorada para el deporte cuyano. Al debutar y consagrarse campeona del mundo con Las Leonas, no solo se adueñó de la copa más preciada del planeta hockey, sino que pasó a la historia como la jugadora mendocina más joven en alcanzar semejante logro.
El recorrido de Milagros no fue producto del azar, sino el fruto de una evolución meteórica. Sus primeros pasos transcurrieron en la Universidad Nacional de Cuyo (UNCuyo), el club donde moldeó su técnica y aprendió a competir con hambre de gloria. Aquel semillero local pronto le quedó chico ante un talento que exigía horizontes más amplios.
El despegue internacional comenzó a gestarse en los seleccionados juveniles. Con Las Leoncitas, Alastra dejó destellos de su jerarquía: se consagró campeona de los Juegos Panamericanos Junior en Asunción, brilló con una medalla de plata en el Mundial Sub-21 de Chile y fue distinguida internacionalmente como la Rising Star of the Year (Estrella Emergente del Año). Pero faltaba el gran salto.
"Mi sueño es jugar en la Selección Argentina y ganar algo importante", confesaba Alastra apenas un año atrás, con la inocencia intacta y la certeza de quien sabe hacia dónde apunta su brújula interior.
Para ganarse un lugar en la elite bajo la conducción táctica de Fernando Ferrara, el talento natural no bastaba; exigía sacrificios estructurales. A principios de año, la mendocina tomó una decisión drástica: armar las valijas y mudarse a Buenos Aires para sumarse a las filas de GEBA. El objetivo era claro: achicar la brecha logística, rozarse todos los días con las mejores y meterse de lleno en el radar de la Selección mayor.
El esfuerzo rindió frutos inmediatos. Primero llegó el bautismo en la Pro League en Australia; luego, la convocatoria definitiva para la Copa del Mundo disputada en tierras europeas. Frente a potencias como Estados Unidos, España, Alemania y Australia, Mili demostró que no le pesaba la camiseta ni el escenario.
Con esta conquista, el nombre de Milagros Alastra ingresa con letras de molde en el selecto olimpo del hockey mendocino, integrando una prestigiosa galería junto a pioneras y referentes como Florencia D"Elía, Silvina D"Elía, Macarena Rodríguez y Delfina Thomé Guastavino.
Sin embargo, lo que hace única su gesta es la precocidad. Mientras muchos jóvenes de su edad recién vislumbran los contornos de su futuro profesional, ella ya sabe lo que es levantar la Copa del Mundo, escuchar el himno abrazada a las históricas del plantel y estampar su apellido en la historia grande del deporte argentino. Para Milagros, el sueño del comienzo ya es historia cumplida; lo que viene por delante, en cambio, promete ser infinito.