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Argentina Relación bilateral

El presidente Milei volvió a tensar la relación con Brasil al cuestionar su "gramática" bilateral

No se trata de un simple sentimentalismo regional, sino de un cálculo estratégico perfeccionado a lo largo de más de cien años. Las últimas acciones del Gobierno de Javier Milei han ignorado, en la práctica, ese legado

Martes, 18 de Agosto de 2026
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Existe una gramática tácita que rige la relación bilateral entre Brasil y Argentina desde principios del siglo XX: la convicción, cultivada por sucesivas generaciones de diplomáticos, de que la seguridad y la prosperidad son inseparables de las del otro. No se trata de un simple sentimentalismo regional, sino de un cálculo estratégico perfeccionado a lo largo de más de cien años. Las últimas acciones del Gobierno de Javier Milei han ignorado, en la práctica, ese legado.

La gramática se tradujo en una estrategia diplomática poco común: concebida no para eliminar la competitividad, sino para gestionarla sin que se convierta en una ruptura -lo que la hace, precisamente por eso, más sofisticada que cualquier discurso de amistad automática entre naciones.


La doctrina nació en un clima de tensión, no de ingenua armonía. Entre 1907 y 1910, el Barón de Río Branco y el canciller argentino Estanislao Zeballos protagonizaron una carrera naval que situó a los acorazados Minas Gerais y Rivadavia en una disputa simbólica por el poder. Rio Branco, artífice de la política exterior de Brasil, comprendió que la rivalidad armamentística, si no se contenía mediante un diálogo permanente, socavaría décadas de fronteras pacificadas. De ahí surgió el principio fundamental que Itamaraty nunca ha abandonado: la seguridad argentina forma parte, de manera indisociable, de la propia seguridad nacional brasileña. Este entendimiento ha atravesado uniformes, gabinetes económicos y ministerios de Asuntos Exteriores sin romperse jamás.

Javier Milei y Luiz Inácio Lula da Silva dialogan sentados en una mesa, con las banderas y escudos de Argentina y Brasil en un fondo institucional

En 1982, durante la Guerra de las Malvinas, el Gobierno de Figueiredo se decantó claramente por el bando argentino, aunque bajo el manto formal de la neutralidad. En el ámbito diplomático, el ministro de Asuntos Exteriores Saraiva Guerreiro defendió la causa argentina en los foros internacionales, incluido el Consejo de Seguridad de la ONU, en consonancia con el reconocimiento histórico de la soberanía argentina sobre el archipiélago -una postura que Itamaraty mantiene desde 1833-. Pero el dato más contundente es de carácter operativo: Brasil cedió el aeropuerto de Recife como escala para los vuelos que transportaban, desde la Libia de Gadafi hasta Buenos Aires, misiles y minas de fabricación soviética destinados al esfuerzo bélico argentino.

La estructura de las relaciones bilaterales entre ambos países adquirió un carácter institucional en la segunda mitad de la década de 1980. Sarney y Alfonsín inauguraron, con el Acta de Iguazú y el Programa de Integración, el proceso que desembocaría en el Tratado de Asunción de 1991 y en la fundación del Mercosur -un bloque que, guste o no la retórica liberal contemporánea, sustenta de manera desproporcionada la industria argentina y gran parte de su economía. Brasil, que por sí solo representa alrededor del 70 % del PIB nominal del Mercosur, ha administrado con moderación las normas de cumplimiento que Buenos Aires tantas veces no logra respetar. Por su parte, desde Buenos Aires también se canalizó diplomáticamente malestares como la tempestiva devaluación del Real en 1999.

Otro hito relevante en la relación bilateral es el acuerdo que dio origen a la Agencia Brasileño-Argentina de Contabilidad y Control de Materiales Nucleares (ABACC). Suscripto hace ya 35 años -cumplidos en julio de 2026-, este acuerdo entre ambos países ha convertido a la ABACC en un referente mundial en materia de cooperación en salvaguardias nucleares.


Las banderas nacionales de Brasil y Argentina ondean con el viento bajo un cielo azul. 

La gran mayoría de los presidentes de ambos países, independientemente de su ideología, comprendieron las reglas de esa estabilidad, incluso cuando la relación generó fricciones comerciales reales, como en los episodios de proteccionismo sectorial entre los gobiernos de Menem/Cardoso y entre Cristina Kirchner/Dilma Rousseff. Lo que distinguía estas divergencias de la actual es que se producían dentro de la gramática, como ajustes de rumbo, y no como una negación del propio principio de que ambos países avanzan unidos.

Hay que reconocer la lógica que mueve a Milei, aunque sea para refutarla. Su apuesta es que el antipetismo es una mercancía exportable, que la alineación ideológica con Bolsonaro y con Trump, y la cruzada retórica contra la "casta", reportan más capital político nacional e internacional que el mantenimiento de una equidistancia diplomática que él interpreta como un vestigio de un establishment que pretende barrer. Es un cálculo coherente con el proyecto libertario-populista que lo llevó al poder. El problema es que ese cálculo confunde el público interno con el ámbito bilateral: lo que suscita aplausos en Buenos Aires le cuesta capital estratégico ante un socio comercial clave para dar salida a su producción y sostener su economía real. Además, existe una percepción errónea en la Casa Rosada: la idea de que es posible separar las esferas política e institucional, una idea según la cual las interacciones burocráticas -y las agendas- pueden mantenerse a pesar de una ruptura total del diálogo político a nivel de cúpula. Esto, en las relaciones internacionales, carece de fundamento empírico.

Milei rompe con esa larga gramática, esa liturgia. Su ofensiva verbal contra Lula -al que ha tildado de corrupto, comunista y dinosaurio- ya sería en sí misma un gesto de amateurismo diplomático. Pero su viaje a São Paulo para presentar públicamente la candidatura presidencial de Flávio Bolsonaro, al declarar que la "ola azul" llegaba a Brasil de la mano del Senador y al ofender al Tribunal Supremo Federal (STF) de Brasil, es de una enorme gravedad institucional. Cabe recordar que el STF fue una institución fundamental para contener el golpe de Estado, preservar y defender el orden democrático y proteger a la sociedad de una ruptura institucional planeada por militares y bolsonaristas.

El senador brasileño Flavio Bolsonaro (d) con el presidente argentino Javier Milei en Sao Paulo, Brasil

Milei ha convertido un desacuerdo personal en una injerencia institucional. No se trata de una mera falta de cortesía protocolar: es una intromisión directa y personal en la contienda electoral brasileña, en el proceso democrático y republicano del país y en el principio de no injerencia que sustenta, desde hace un siglo, la relación bilateral. Un jefe de Estado argentino que abandona dos décadas de prudencia diplomática para actuar como agitador electoral de uno de los bandos de la contienda brasileña rompe no solo con la práctica histórica de la Casa Rosada, sino con la propia tradición argentina de diálogo respetuoso con Brasil.

El costo de esta ruptura no es solo simbólico. Es Argentina, y no Brasil, quien más necesita un Mercosur que funcione: el comercio bilateral alcanzó en 2025 su máximo en trece años, superando los 31.000 millones de dólares, y es Brasil -y no al revés- quien sustenta este flujo en su calidad de principal comprador. También es Argentina la que más tiene que perder si el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea se ve empañado por la hostilidad personal entre los jefes de Estado.
Son Argentina y Vaca Muerta quienes más tienen que perder si Brasil frena la incipiente y prometedora gasificación de la relación, optando por proveedores de fuera de la región a través del GNL. Milei apuesta su capital diplomático regional a un rendimiento electoral interno incierto, en una relación en la que la asimetría de dependencia -y el largo plazo- no están de su lado.

La asimetría, conviene recordar, no favorece a Milei: Argentina destina alrededor del 13 % de sus exportaciones a Brasil -que es su mayor comprador individual-, mientras que Brasil dirige a Argentina solo el 5,5 % de las suyas, para quien Argentina es el tercer socio comercial. La interdependencia viene mermando en los últimos años, pero la dependencia real discurre, por tanto, en un solo sentido. Aun así, el gobierno de Lula no va a dar la espalda a una nación hermana por la destrato del actual gobierno. Según la interpretación del Planalto, la conducta de Milei no menoscaba ni a Brasil ni a Argentina, sino que solo revela, con una claridad casi didáctica, el legado del actual Gobierno argentino ante la historia bilateral: la de quien, al atacar a su vecino, no escapa al precio que esa elección le exige a sí mismo.