El saldo del sector se encamina a un récord en dólares en 2026, impulsado por Vaca Muerta, la caída de importaciones y mejores precios; analistas y bancos internacionales coinciden en que es un cambio estructural
La mejora que impulsó el desarrollo de Vaca Muerta sobre uno de los puntos más débiles de la economía argentina es leída por analistas y bancos internacionales como un cambio estructural. Y ahora abrió el debate.
El cruce entre el ministro de Economía, Luis Caputo, y el gobernador bonaerense, Axel Kicillof, volvió a poner esa discusión en primer plano. El gobierno nacional atribuyó el resultado a las reformas recientes, a lo que el ministro Caputo precisó que el superávit energético es consecuencia del nuevo marco macroeconómico y de incentivos a la inversión. Del otro lado, Kicillof replicó que los dólares que hoy genera el sector "son resultado de decisiones tomadas años atrás", en referencia a la estatización de YPF y al desarrollo inicial de Vaca Muerta en épocas del kirchnerismo.
El número de US$15.000 millones, de todos modos, sigue siendo una proyección. A marzo, el resultado depende de que se sostengan los actuales precios internacionales y de que el mayor ingreso por exportaciones compense el costo del GNL en invierno. Las estimaciones del exsecretario de Energía Daniel Montamat ubican las exportaciones energéticas entre US$15.000 y US$23.000 millones durante 2026.
El contraste histórico ayuda a dimensionar el cambio. El economista Alejandro Einstoss señaló que entre 2003 y 2023 se destinaron US$150.000 millones a subsidios energéticos, con importaciones por más de US$125.000 millones y un déficit acumulado cercano a US$36.000 millones. Pero introdujo un matiz clave: la reversión no responde a una sola política. "No fue consecuencia de una decisión puntual, sino de un proceso donde la reinversión del sector privado elevó la productividad", explicó.
Ese proceso tiene un motor central: Vaca Muerta. Para Juan José Carbajales, la explicación es directa: "La razón del superávit es Vaca Muerta", porque el no convencional no solo compensó la caída del convencional, sino que generó producción excedente.
Ese salto ya se refleja en los números. La Argentina se mueve hoy en niveles cercanos a los 900.000 barriles diarios, un máximo en décadas, impulsado casi exclusivamente por el desarrollo no convencional en Vaca Muerta. Ese excedente, sobre un mercado interno relativamente estable, es el que empieza a transformarse en exportaciones.
A ese factor se suman otros tres. El primero es la infraestructura, que permitió evacuar esa producción. La puesta en marcha del Gasoducto Néstor Kirchner -hoy Perito Moreno- en 2024 fue clave para ampliar la capacidad de transporte y sustituir importaciones. El segundo es la caída de compras externas: el país pasó de importar cerca de un centenar de cargamentos de GNL a niveles mucho menores, no por menor demanda sino por mayor producción local y capacidad de transporte. El tercero es el contexto internacional, que hoy juega a favor de los exportadores de energía.
Para Nicolás Gadano, economista de Empiria, el fenómeno puede resumirse en dos canales: más exportaciones de petróleo por mayor producción y menos importaciones de energía gracias al desarrollo del gas local. "No hay una sola causa. Distintos gobiernos fueron aportando", señaló, al destacar la continuidad de políticas como el Plan Gas desde 2013.
Ese recorrido incluye hitos concretos. El acuerdo entre YPF y Chevron marcó el inicio del desarrollo a escala del shale, mientras que la expansión posterior de la producción consolidó el salto. En paralelo, la mejora en la infraestructura y en las condiciones macroeconómicas fue potenciando ese proceso.
Montamat aportó una lectura más crítica del punto de partida. Atribuyó el deterioro previo a políticas que "distorsionaron precios, desincentivaron la inversión y generaron déficit en las cuentas externas", que terminaron convirtiendo al sector en una fuente de presión sobre las reservas. En esa línea, advirtió que la expropiación de YPF fue una señal negativa para la inversión, en un sector intensivo en capital, y que luego obligó a diseñar esquemas específicos para atraer financiamiento. Para Montamat, el giro actual refleja además el paso de un sistema orientado al abastecimiento interno a otro con perfil exportador.
Ese cambio de orientación se consolidó recientemente con la Ley Bases impulsada por el Gobierno de Javier Milei, que modificó el marco de los hidrocarburos y buscó dar mayor previsibilidad a las exportaciones. Los proyectos energéticos vinculados al RIGI, en ese contexto, aparecen como una apuesta a futuro. Aunque tienen potencial, todavía no explican el superávit actual, que responde principalmente a desarrollos iniciados en años anteriores.
Desde una mirada afín al kirchnerismo, Hernán Letcher, director del CEPA, cuestiona la interpretación oficial. Sostuvo que las tarifas no determinan el volumen exportable, que depende de precios internacionales e infraestructura, y que las inversiones bajo RIGI aún no están en fase productiva, por lo que no explican los resultados actuales.
En paralelo, informes de bancos internacionales como JP Morgan, Bank Of America y Morgan Stanley coinciden en el diagnóstico estructural: la energía -junto con la minería- puede convertirse en uno de los principales motores de generación de divisas del país, en un proceso que excede la coyuntura. El escenario, de todos modos, sigue abierto a la evolución de los precios internacionales, al costo de las importaciones en invierno y a la capacidad de seguir ampliando la infraestructura necesaria para sostener el crecimiento del sector.