La escalada entre EE.UU., Israel e Irán activó un operativo de seguridad "alto" con vigilancia activa en puntos clave, como aeropuertos y fronteras.
La guerra en Medio Oriente no tiene geografía definida. Se expande como una sombra sobre el Mediterráneo, amenaza a Europa y resuena inquietante en el Cono Sur. En la Casa Rosada lo saben: cuando Estados Unidos e Israel bombardean objetivos estratégicos en Irán y Teherán promete represalias "en todo el mundo", la Argentina es, por historia y por decisión política reciente, un posible blanco señalado.
Desde el sábado, el gobierno de Javier Milei activó un operativo de seguridad de nivel "alto" en todo el país. La orden es clara: prevención, inteligencia y custodia reforzada en potenciales blancos sensibles.
¿En qué consiste ese nivel "alto"? Se trata de vigilancia activa en centros de reunión islámicos y custodias en todos los posibles blancos judíos y de Estados Unidos, aeropuertos y fronteras. El fantasma del atentado a la AMIA (1994) y a la embajada de Israel (1992) no puede ser soslayado y menos aún con una seguridad insuficiente, una inteligencia diezmada y una capacidad de Defensa limitadas de años de abandono. "Estamos indefensos, sin inteligencia ni elementos de seguridad suficientes. En 2025 vino el vicepresidente de Irán y el Gobierno se enteró por las redes sociales", dijo un experto.
Las recientes amenazas de Teherán a Milei y el nuevo jefe iraní de la Guardia Nacional Revolucionaria, Ahmad Vahidi, con alerta roja de Interpol por el atentado a la AMIA, no sólo tensan el tablero local sino que son una provocación política hacia la Argentina por parte de Teherán.
La coordinación recae en la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, que articula el despliegue de la Policía Federal, la Gendarmería, la Prefectura y la Policía de Seguridad Aeroportuaria. Por debajo, en una trama más silenciosa, opera la Secretaría de Inteligencia del Estado, a cargo de Cristian Auguadra.
El contexto internacional explica la urgencia. El conflicto entró en su cuarto día con una intensidad inédita. Israel lanzó una ofensiva de gran escala sobre Teherán y convocó a 100.000 reservistas. Tel Aviv aseguró haber abatido a Hussein Makled, jefe de inteligencia de Hezbollah en Beirut, mientras mantiene como "objetivo marcado" al líder máximo del grupo, Naim Qassem. Irán respondió con oleadas de misiles balísticos y drones sobre Tel Aviv, Jerusalén y Beit Shemesh, donde se registraron víctimas fatales.
La guerra se expandió hasta el Mediterráneo. Francia y Grecia movilizaron fragatas y cazas; Londres envió un buque y helicópteros tras el impacto de un dron en una base británica en Chipre. Teherán advirtió a los países europeos que cualquier respuesta será considerada "acto de guerra".
El Estrecho de Ormuz, arteria vital del petróleo mundial, quedó bajo bloqueo parcial iraní, con efecto inmediato en los precios del crudo.
En ese escenario inflamable, la Argentina aparece mencionada explícitamente en los discursos iraníes. En enero de 2026, tras la decisión de Milei de declarar a la Fuerza Quds como organización terrorista, el régimen persa lanzó una advertencia formal: el gobierno argentino "recibirá una respuesta adecuada".
El diario oficialista Teheran Times fue más lejos y prometió que Buenos Aires "se arrepentirá de su hostilidad". Incluso hubo una acusación formal ante la ONU por el respaldo irrestricto de la Argentina a las acciones militares de Washington y Tel Aviv.
La tensión escaló aún más el 1 de marzo, cuando el régimen iraní designó como comandante en jefe de la Guardia Revolucionaria Islámica a Ahmad Vahidi, señalado por la Justicia argentina como uno de los autores intelectuales del atentado a la AMIA en 1994. Sobre él pesa una notificación roja de Interpol. Para el gobierno de Milei, su nombramiento no fue sólo una provocación diplomática sino una afrenta directa a la memoria argentina.
Ese mismo día, en la apertura de sesiones del Congreso, Milei ratificó su alianza estratégica con Estados Unidos e Israel y volvió a denunciar los vínculos históricos del kirchnerismo con Irán. El mensaje fue leído en Teherán como una confirmación del alineamiento argentino. Y en los despachos oficiales de Balcarce 50 como la asunción de un riesgo en aras del alineamiento con Donald Trump (Estados Unidos) y de Benjamin Netanyahu (Israel).
El operativo interno tiene dos planos. El visible: custodia reforzada en embajadas, instituciones judías, colegios, sedes diplomáticas y objetivos vinculados con Estados Unidos. También controles más estrictos en aeropuertos y fronteras, con participación activa de la Dirección Nacional de Migraciones, hoy conducida por Sebastián Seoane y próxima a quedar en manos de Diego Valenzuela.
El segundo plano es más delicado y discreto. Fuentes de la Casa Rosada admitieron que se realiza un "control discreto y no invasivo" en centros de reunión donde pudiera detectarse actividad de radicalización o reclutamiento. "El secreto es perfilar dirigentes y saber dónde se juntan", deslizan en la Casa Rosada. Los detalles quedan para los estrategas de inteligencia por razones de seguridad.
La línea es muy fina: la Ley de Inteligencia 25.520 prohíbe expresamente investigar por religión, etnia o ideas políticas. El margen legal es estrecho y el equilibrio frágil, pero el Gobierno debe navegar entre la ley y la seguridad nacional.
"Una cosa es prevenir atentados y otra es permitir infiltraciones por los puntos de entrada al país", señalan en el Ministerio. El temor no es en vano. Argentina arrastra la herida abierta de la AMIA y la Embajada de Israel. La memoria funciona como advertencia permanente.
En paralelo, el régimen iraní atraviesa su propia transición traumática tras la muerte de Ali Kamenei y la designación del ayatollah Alireza Arafi en un consejo de liderazgo interino. En momentos de incertidumbre interna, la política exterior suele endurecerse. Las represalias pueden convertirse en herramienta de cohesión doméstica.
La Argentina, por decisión presidencial, eligió pararse sin matices del lado occidental en este conflicto. Es el único país de la región que respaldó abiertamente la ofensiva conjunta de EE.UU. e Israel. Esa definición estratégica le otorga centralidad diplomática, pero también la coloca bajo la luz roja de los servicios de inteligencia internacionales.
En la Casa Rosada hablan de prevención y serenidad. En privado reconocen que el escenario es impredecible. La guerra moderna ya no se libra sólo con ejércitos regulares sino con células dormidas, drones y operaciones encubiertas.
La historia reciente enseñó que el terrorismo no anuncia su llegada. Por eso, mientras el Mediterráneo arde y Europa refuerza sus bases, Buenos Aires vigila en silencio. Con la memoria de 1994 aún latente y con la convicción o el riesgo de haber elegido un bando en una guerra que amenaza con no tener fronteras.