Por Prof. Mgtr. Aldo Sergio Saracco, medico emergentólogo. Director de posgrado y formación continua de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Mendoza. Especialista y Docente.

A lo largo de la historia, la humanidad ha convivido de manera permanente con situaciones críticas que ponen en riesgo la salud y la integridad de las personas. Hoy en día, nos encontramos ante una coyuntura global particularmente convulsionada: los medios magnifican catástrofes y terremotos recurrentes en distintas partes del mundo, mientras los pronósticos meteorológicos advierten sobre el impacto de fenómenos climáticos extremos, como la inminente llegada del ciclo de lluvias asociado al fenómeno de "El Niño". En este escenario de alerta constante, la diferencia entre sufrir una crisis caótica o transitar una emergencia controlada radica enteramente en la capacidad de anticipación, planificación y respuesta que posea la sociedad.
Frente a este escenario, la educación médica y las instituciones académicas deben asumir un rol activo. En el caso de la Universidad de Mendoza, la currícula de la carrera de medicina incorpora temas específicos como la cátedra de urgencias, complementada con las cátedras flexibles y cursos optativos enfocados desde hace años en la preparación y respuesta ante situaciones de emergencias médicas y desastre. La visión institucional parte de una premisa clara: los profesionales deben saber de qué se trata una emergencia y cómo anticiparse a los hechos, ya que una adecuada preparación reduce significativamente la probabilidad y el impacto del daño.
El diagnóstico: amenazas versus vulnerabilidad
Para gestionar correctamente el riesgo, el primer paso indispensable es elaborar un diagnóstico fundamentado en dos elementos clave: las amenazas y la vulnerabilidad.
La ecuación fundamental de la gestión del riesgo indica que, al adoptar criterios preventivos para disminuir el valor de la vulnerabilidad, el riesgo total descenderá de forma directa. A esto se suma la importancia de planificar cómo actuar durante el evento (preparación) y de qué manera dar respuesta una vez consumado el suceso. Esto incluye contar con lugares de evacuación habilitados, puntos de encuentro claros y conocidos por todos, ante la eventual interrupción de las comunicaciones, y una preparación adecuada tanto en el epicentro como en las zonas de apoyo.
Peligro y riesgo: una distinción conceptual
Es vital diferenciar entre peligro y riesgo. El peligro es una condición intrínseca —como la energía eléctrica o la ocurrencia de un sismo— que no se puede modificar en su magnitud. En cambio, el riesgo es la probabilidad real de que el daño suceda. Por ejemplo, la electricidad representa un peligro latente, pero el riesgo de electrocución se anula si se utilizan guantes y cables protegidos. Del mismo modo, un sismo o una inundación constituyen peligros ineludibles, pero si se aplican normas de construcción antisísmica, sistemas de drenaje rápido y planes de evacuación, el riesgo disminuye sustancialmente.
Desde la perspectiva sanitaria, la preparación implica garantizar que los hospitales y equipos de respuesta no colapsen. Esto abarca desde fijar adecuadamente el mobiliario e instalar grupos electrógenos hasta diseñar redes hospitalarias articuladas y planes de contingencia (por ejemplo, el esquema en tándem que vincula a los hospitales del Gran Mendoza con la zona este o el Valle de Uco ante una crisis sísmica mayor).
Emergencia versus desastre: el factor de la capacidad de respuesta
A menudo usamos los términos emergencia, desastre y catástrofe como si fueran sinónimos, pero en la gestión de riesgos representan realidades muy distintas:
Ante situaciones de víctimas en masa donde la capacidad operativa se ve superada, resulta indispensable aplicar criterios de racionalización médica como el triage, un sistema de priorización basado en la supervivencia y no en jerarquías. Este método clasifica a los pacientes porprioridades de atención, segun colores:
La experiencia internacional demuestra que contar con planes previos —tal como ocurre en países con tradición en gestión de riesgos como Colombia, frente a realidades desarticuladas como las vividas en otros contextos— marca la diferencia entre una resolución coordinada y el caos absoluto.
Formación profesional, prevención cotidiana y el rol de la universidad
El profesional de la salud tradicionalmente se formó con una visión puramente asistencial, ajena a la logística de las catástrofes. Ante un mundo convulsionado por amenazas tanto ambientales como antropogénicas (conflictos, guerras y tensiones globales), las instituciones educativas deben incorporar contenidos de preparación y respuesta ante desastres.
Asimismo, la sociedad en su conjunto debe recuperar la memoria histórica y la cultura de la prevención durante las épocas de paz/tranquilidad. Acciones cotidianas —como contar con una luz de emergencia, una linterna, una radio a transistores a pila para recibir información oficial si caen las redes de comunicación, o reservas de agua, alimento y abrigo— transforman una potencial situación de caos en un episodio que es manejable.
Finalmente, las advertencias de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre la frecuencia de las crisis sanitarias —desde las pandemias recientes hasta el riesgo de nuevas mutaciones— demuestran que las amenazas biológicas llegaron para quedarse. Para responder a este desafío desde la raíz, la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Mendoza asume un rol activo. A través de su Dirección de Posgrado y Formación Continua, impulsa la Tecnicatura Universitaria en Gestión de Emergencias y Desastres, un programa deseñado para formar profesionales capacitados tanto en la respuesta operativa y la asistencia prehospitalaria, como en la planificación estratégica, la gestión de riesgos y la coordinación interinstitucional. La propósito central de esta gestión del riesgo es claro e innegociable: salvar vidas.